¿No es la identidad una caja? ¿no es ella misma en tanto categoría estable, excluyente de códigos comunicativos y de pertenencia?

El lenguaje donde ella (la identidad) está instalada no cesa de encerrarse en sí mismo, de padecer una reclusión progresiva. El lenguaje no es un campo abierto a todas las posibilidades, y para que llegue a serlo, para que llegue a ser un campo abierto a todas las posibilidades de pensamiento y de expresión, ha sido necesario que la literatura y otras expresiones pasen por verdaderos actos subversivos y revolucionarios contra los poderes que lo domestican

Porque antes de consolidar una confianza hacia la identidad como hilo conductor de una búsqueda sobre la esencia, debemos demostrar que ella no es un principio de exclusión. Especialmente cuando ya no hay una sóla historia, ni un solo principio de interpretación del pasado, y mucho menos una dirección definida, vector que antes dirigió la modernidad a su sueño de unidad y progreso. De la utopía a la heterotopía. Viéndonos así, inevitablemente insertos como individuos y ciudadanos en la trama multicultural que es ahora Latinoamérica, ¿cómo podríamos ponernos en manos de la identidad si ella es excluyente (y exclusiva)? Personalmente encuentro inaceptable renunciar a la variedad y superposición de exógenos (?) discursos, afectos, pertenencias y personajes que configuran la vida cada uno, desde su microscópica intimidad hasta la más temporal de las convicciones.

Aparecen dos alternativas: La primera, la migración de la identidad desde el pasado al futuro, convertida entonces en un proyecto vital, por definición inagotable y por convicción no excluyente. La segunda alternativa, destituir la identidad de su estatus, tal como propone Edgar Garavito:

Si quitamos el principio de identidad, mundo, lenguaje, concepto, acción, pensamiento, dejan de ser casilleros aislados, separados unos de otros, y se resuelven como una sola fuerza maquínica, triunfal, deseante. (...) Para que el único principio que realmente ilumine el camino en la condición contemporánea sea el principio de la diferencia, en donde vida es todo lo que es y en ese “todo lo que es” la afirmación de la mayor cantidad de diferencias posibles.

Reconociendo tal crisis del principio de identidad, podemos proseguir con nuestra búsqueda de metáforas, y plantear la vivencia de lo latinoamericano en un esquema de flujos e intersecciones de rutas. Para algunos, todavía intoxicados con la esperanza del desarrollo tecnoeconómico, una autopista desenfrenada, violenta, separada de la realidad pero atravesándola como una lanza. Para otros, la lentitud laboriosa del camino veredal sin pavimentar; para otros más, el espejo aséptico de las redes virtuales y la teleparticipación. Y es que la calle, como esos patrimonios esenciales, puede ser recorrida por todos sin que sea de nadie. ¿Es ésta una metáfora optimista? ¿Crítica? ¿Pesimista? Un poco de todo y nada, cuando mucho esta por verse y por decirse. Hablar de las calles, de la rutas, es una manera de retomar lo dicho por García Canclini: Entender que paso con la modernidad en Latinoamérica se logra recorriendo las calles de sus grandes ciudades, adentrarse en sus barrios y paladear las bellas contradicciones.

Martes, 02 de Marzo de 1999 01:57:18 p.m.

Citas: GARAVITO, Edgar. “Autonomía y Heteronomía del Discurso Excluido”. Magazín Dominical, No. 821. Periódico El Espectador. Santafé de Bogotá, 7 de febrero de 1999.